jueves, 27 de agosto de 2026

"Barry Lyndon", sin prejuicios


Nota: el texto desvela partes importantes del argumento del film


"Barry Lyndon" es la película de los juegos y las apariencias.


Oficialmente pasa por ser la historia del ascenso y caída del hidalgo irlandés Redmond Barry, con el punto de inflexión situado en su matrimonio con la condesa Lady Lyndon. Sin embargo, para mí es más bien la historia de dicho matrimonio: el relato, tras un largo periplo individual, del afortunado y crucial encuentro de dos personas que termina con todo en su contra, incluso ellas mismas.

Pero no solo ellas, ni siquiera su entorno social y familiar. En el cerco a los enamorados también participaría de forma inesperada el propio director y, principalmente, el público. Mi hipótesis es que Kubrick, trabajando con disposiciones que ya están en nosotros, e integrándose en ese mundo de las simulaciones que filma, activaría conscientemente los prejuicios del espectador y favorecería que sentenciemos a la pareja por adelantado, tachando su relación de vacía e interesada. Eso sí, junto a las medias verdades de las que se vale (a través de la voz en off), Kubrick dejaría caer retazos de la otra mitad.

Esto último ocurriría de forma paradigmática en la que para mí es la escena central del film: la del encuentro entre Barry y Lady Lyndon.



Personalmente, nunca he asistido a una secuencia cinematográfica que ejemplifique mejor la reciprocidad entre dos personas: la alternancia y correspondencia, pausada y continua, de gestos, iniciativas y cesiones alcanza casi la simetría (y la poesía) pura. La catástrofe posterior y la imagen que Barry acumula de estafador y oportunista sin escrúpulos pueden hacernos dudar de una escena por otro lado de tonos muy tenues, y, bajo ciertos códigos románticos, poco ortodoxa (es Lady Lyndon quien comienza el cortejo). Pero, inversamente, el fuerte contraste entre lo presenciado y las objeciones que luego puedan surgir invita también a sospechar de determinadas certezas asumidas, más allá de que coincidamos en la constitutiva arrogancia y contradicción humana.
La escena comienza alrededor de una mesa de juego (precisamente) a la luz de las velas. Lady Lyndon está acompañada por el reverendo Runt; Barry, por el Chevalier de Balibari, su socio y mentor como jugador profesional. Hay fichas, apuestas, reglas, ganadores y perdedores. Hay azar. Y es una hasta entonces ensimismada Lady Lyndon quien toma la iniciativa mirando con fijeza a Barry. Regresa momentáneamente al juego, y luego insiste. Al apercibirse, él la corresponde con una mirada sostenida y melancólica.

Aunque no podemos saberlo, la osadía inicial de Lady Lyndon (cuya actitud es extremadamente atrevida para una mujer casada de su posición) también podría explicarse por una íntima insatisfacción vital, acaso paralela en Barry.

Consolidada la reciprocidad de las miradas, Barry queda pensativo, y, en un movimiento audaz, alarga su brazo a través de la mesa y realiza una apuesta en los límites del tablero exactamente junto a Lady Lyndon. En la dinámica iniciada entre ambos, el gesto admite otro significado que el reglado: «Apuesto por ti». Ella parece entenderlo así y, como si las hubiera estado esperando, recoge inmediatamente las fichas de Barry, tomándolas como propias y, significativamente, sacándolas del juego. Barry todavía podría refugiarse en las reglas; Lady Lyndon ya no.
Su radical acción parece responder: «Si apuestas por mí, no hay nada que apostar».
Este es para mí el núcleo de la escena. Ambos se han encontrado dentro de un juego de azar y han utilizado su lenguaje para salir de él y hallar un espacio propio. Si se desean, ¿qué debe decidir ya la suerte? Tras ello, quedan abstraídos el uno en el otro durante largos segundos. A continuación, Lady Lyndon vuelve la mirada de nuevo hacia sí, y después de lo que parece una afanosa búsqueda interna, entrega sus fichas a Runt, se levanta y deja la mesa. Al poco, Barry sale a su encuentro.
Ya en la terraza, Barry se aproxima a Lady Lyndon y se detiene a una distancia prudencial. Ella, inicialmente de espaldas, se gira hasta poder verle; solo entonces él extiende una mano y ella se la ofrece. Barry la invita a completar el giro y Lady Lyndon ofrece espontáneamente la otra. Él acerca hacia sí sus manos y empieza a inclinarse para besarla. Ella corresponde; él avanza algo más y ella vuelve a corresponder. Cada gesto propone y cada respuesta permite continuar. Ninguno posee de antemano el movimiento futuro del otro. Y, sin embargo, avanzan. Finalmente, sus labios se sellan.


La película ofrece además un contraste revelador. Mucho antes, Barry había vivido con su prima Nora otra seducción alrededor de una mesa de juego y también iniciada por ella. Pero allí son dos jóvenes inmaduros: Nora conduce a un Barry inexperto hacia una intimidad que apenas sabe manejar, para pocos días después abandonarlo. Con Lady Lyndon, Kubrick repite elementos para invertir su sentido: ahora vemos a dos adultos y aquello que con Nora queda atrapado en pasatiempos, engaños y mediaciones termina en una reciprocidad y un respeto absolutos, con ambos dejando atrás el juego.




Lo dicho conecta también con el cartel del film: un hombre, quizás después de un duelo, pisa el tallo de una rosa roja del que se ha desprendido un pétalo. Puede haber ganado y, sin embargo, necesita sujetarla bajo su bota. Un duelo también es un juego, pero ganarlo no puede producir la entrega del deseo de otra persona; o no sin heridas. Con Lady Lyndon ocurre lo contrario: no hace falta ganar ni sujetar.




Tras el beso, la película los muestra juntos, a plena luz del día, cogidos de la mano en una pequeña barca de paseo sobre unas aguas serenas. Lo que contemplábamos en su nacimiento se ha convertido en relación. Como un oasis de pureza, durante unos minutos hemos asistido a algo extraordinariamente limpio dentro de una historia de azar, intereses, farsas, violencia y errores; y lo hemos visto casi sin mediadores, porque Kubrick nos ha concedido tiempo y oportunidad para mirar por nosotros mismos.


Las famosas lentes de altísima sensibilidad de la NASA con las que se grabó el film, puestas esta vez simbólicamente a nuestro total servicio.

Después, le corresponderá al espectador decidir si "Barry Lyndon" es la historia de un fracaso anunciado o la de aquello que pudo ser y no fue.




Epílogo: The Riverboat Song - Ocean Colour Scene (1996)



I see double, up ahead
Where the riverboat swayed beneath the sun
Is where the river runs red
Like a King who stalks the wings and shoots a dove
And frees an eagle instead
It's more or less the same as the things that you said

I see trouble, up the road
Like the things you found in love are by the way
And like to cheat on your soul
Like the best and worst of thoughts that lose control
Before you lie on your bed

It's more or less the same as the things that you said
Anyway, for all the things you know, tell me why does the river not flow
Anyway, for all the things you said, tell me why does the river run red
Anyway, for all the things you've seen, tell me when will the river run green
And anyway, for all the things you know, tell me why does the river not flow

It's more or less the things you fail to say in your way, that's your trouble
Like a King who stalks the wings and shoots the moon and the stars
And his double