Como un alucinado más es este asunto actual de la Inteligencia Artificial, tras escuchar (¡gracias!) la magnífica charla de Liset Menéndez de la Prida (neurocientífica del CSIC -y, por lo visto, amante y entendida en arte-) titulada Formas de la inteligencia natural y artificial, charla que no solo se inicia, sino que también se sustenta en una explicación general de cómo funciona la memoria a nivel cerebral, tras escucharla, digo, he sentido surgir en mí (como una necesidad) las siguientes (puede que torpes, inexpertas, incluso inapropiadas) reflexiones. Aquí van:
¿No será el lenguaje -las cadenas de palabras, las frases-, entre otras cosas más obvias, una memoria externa de nuestro cerebro, una copia 'ambiental' oculta de su base fisiológica? (Y ello, por no entrar en trascendencias superiores y proponer que pudiera ser al contrario -o simultáneamente-: que el lenguaje configurara el cerebro). En tal caso, ¿no contendrá o reflejará la copia hablada o escrita las huellas de su realización neuronal original -huellas de asociación, semejanza, proximidad, multiconectividad...-? Y yendo un poco más lejos, ¿no encerrarán inconscientemente los productos del lenguaje el mapa del entramado de rutas sinápticas neuronales y de su posibilidad o probabilidad -téngase en cuenta aquí el supuesto mecanismo primario de los modelos LLMs en los que se basa la IA generativa: predecir estadísticamente, de entre todas las posibles, la siguiente palabra en una oración-? ¿Podría estar la IA (con su ingente musculatura computacional) auto orientándose ciegamente gracias a ello (gracias al lenguaje, a todos los libros y materiales escritos a su disposición y a las vías que las frases 'consolidadas' de estos le abren -seguramente, supongo, surcando a tientas incontables avenidas, todas las necesarias, y descartando aquellas que no convergen según el contenido de lo demandado por el usuario; como los niños hasta cierto punto- y no solo gracias a sus algoritmos de base -entre los cuales pareciera que el principal pudiera ser: *¡Déjate guiar por el lenguaje!*-), permitiéndole esto, lejos ya de la capacidad e intención -consciente- humana (y, por supuesto, de la de la propia máquina), simular satisfactoriamente el dominio de la sintaxis y la semántica del lenguaje? Como si pudiera rastrear al tanteo el "algoritmo" cerebral, contenido de forma latente e inherente en el lenguaje (pero sin descifrarlo. No es su objetivo. Ni podría. Su objetivo es descubrir dónde le lleva -que resulta ser precisamente donde le conviene-). De otra manera, no se entiende que la IA esté dando unos resultados tan espectaculares (aunque copie, que lo hace -al menos ChatGPT-) cuando, a priori, sus algoritmos matemáticos (de ejecución y aprendizaje) se basan en la imitación de una morfología neuronal sobre la cual (según afirma la propia profesora Liset) la neurobiología solo conoce una mínima parte. (Mientras, en cambio, la IA sí tiene 'acceso' en detalle a toda la 'morfología lingüística').
Y dentro del lenguaje, ¿no será la literatura 'clásica', compuesta de manera singular por los textos universalmente más aceptados, valorados y referenciados, y cuyas formas poéticas son las más ricas y profundas, la que esté aportando a la IA los caminos menos obvios y explorados, menos trillados, más indómitos, sorprendentes y creativos, para que esta ‘cabalgue’ el lenguaje en busca de la próxima palabra? Bajo esta última hipótesis, la potencia de nuestra literatura, tan antigua, cultivada y refinada, podría llegar a ser considerada como 'superior' o previa a la de nuestra técnica, al estar ahora 'instruyéndola' a través de la propia IA.
Si todo lo anterior tuviera algún sentido, la IA se habría convertido, a modo de viaje de vuelta, en una especie de 'bomba inversa' de ideas (bomba en el sentido de bombear; inversa porque nace dentro de un paradigma positivista solo interesado en impulsar conocimiento en un sentido). Volveríamos con ello al concepto antiguo de filosofía, aquel que incluía a la propia ciencia.
(Dicho de otra manera: siempre existirá un poema en el que haya quedado codificada metafóricamente la solución a un problema 'técnico' (útil), quizás porque todos los enigmas estén conectados entre sí -o solo exista uno en el fondo-).
P.d. 1: El presente texto no se ha generado con IA. Lo que sí he recordado es lo que decía Lacan: que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.
P.d. 2: Tratando sobre estos temas, las rutas sinápticas de mi mente me han recordado además, como en resonancia, la legendaria canción "Ansiedad" (José Enrique Sarabia, 1955), tema en el que se anhelan los frutos de unos labios y en cuya parte central, si nos fijamos, se da a entender una dualidad o correspondencia íntima y oculta (un eco) entre el mundo exterior y el mundo interior de las ideas y los recuerdos, conexión expresada bajo la forma de música y poesía. En la canción, por ejemplo, unas lágrimas 'lloradas" por el pensamiento se convierten en metáforas que caen al mar. ¿Palabras o reflexiones malgastadas en este caso? Quizás no tanto, finalmente. (No he puesto la versión más conocida de Nat King Cole porque en ella la letra original se ha deformado ligeramente -un 'eco' 'con fallos', en este caso -:).
"Ansiedad", interpretada por Alfredo Sadel
P.d. 3: En el proceso de búsqueda de información sustanciosa sobre la IA, he encontrado este otro vídeo que me parece interesante, La gran mentira de la Inteligencia Artificial. Se trata de una entrevista a un especialista crítico con la IA tal y como se está vendiendo en la actualidad, el profesor emérito del Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial del CSIC (del cual fue fundador y director) Ramón López de Mántaras. Aparte de todo, me ha llamado la atención que, si para la neurocientífica Liset Menéndez (primer vídeo) un interés paralelo era el arte, en el caso de Ramón López, físico e ingeniero, pareciera ser la filosofía.
P.d. 4: Personalmente, yo también me considero crítico con la IA. Pero no en el sentido de no verla como una revolución que puede ahorrarnos mucho trabajo y que nos puede ayudar a pensar (aunque si viviéramos en un mundo menos acelerado seguramente no la necesitaríamos en absoluto). Lo que más me preocupa de la IA es su insostenibilidad medioambiental. Esto es gravísimo. Luego hay otras críticas, como las que apunta una amiga, quien sostiene que la IA nos hará vagos y que nos quitará el lujo y hasta la necesidad de equivocarnos y de sorprendernos de nosotros mismos. No estoy seguro de que pueda quitárnoslo, pero en su caso esto también sería muy serio. Como también lo es el saltarse los derechos de autor o de imagen. En cualquier caso, no creo que la IA pueda acabar con el pensamiento humano (ni con la creatividad; quizás hasta lo contrario); mi experiencia hasta ahora (e intento no acudir a ella si no hay un motivo de peso) es que, para sacarle verdadero rendimiento, quien la usa debe estar un paso por delante de ella en el tema de que se trate (aunque este sea el de especular :). No sirve con ser un mero espectador. Para empezar, tienes que preparar la información de salida y hacer las preguntas apropiadas (preguntar bien siempre ha sido parte de la solución). Luego, debes estar a la altura para dialogar y seguir profundizando. En realidad, lo que yo noto es que la IA te empuja a pensar.
P.d. 5: Valga como prueba de la potencia de la IA este audio (compartido en Google Drive) sobre el presente texto (hasta la p.d. 2) que ha generado (¡en menos de 1 minuto!) NotebookLM, herramienta que corre bajo la IA de Google, Gemini. El audio imita, ya se verá hasta qué grado de realismo y profundidad, una conversación radiofónica de análisis sobre el contenido del texto (eso sí, está en inglés, y a mi favor :). De paso, si no has entendido bien mi enrevesada escritura, el podcast devuelto por la IA (Deep Dive, lo llaman sus presentadores) explica de forma más sencilla (y también amplificada) la mayor parte de lo que pretendía decir. ¡Impresionante!
Después de unos leves retoques en el texto, aquí va una segunda versión del audio más ajustada a lo que quería expresar (con tan solo cambiar unas pocas palabras o su orden).
Esta última versión me permite a su vez concretar algunos aspectos:
Según mi hipótesis, la IA no se valdría del lenguaje para extraer y utilizar mecanismos o algoritmos de la red neuronal, sino para guiarse adecuadamente por el interior de esta, cada vez de nuevo, en una especie de 'baile en la oscuridad" (como decía Springsteen). Esto es, la IA utilizaría el lenguaje, más por potencia que por inteligencia, como molde para imitar el proceder del cerebro humano (de alguna manera, habría un 'cerebro' dentro del lenguaje). Sus devoluciones estimularían nuestro pensamiento, que volcaríamos a su vez en palabras y esto retroalimentaría a la IA, la cual podría utilizarlo de vuelta para aprender los movimientos que requieren los nuevos caminos abiertos. (De todas formas, el humano también está condicionado por el lenguaje previo que se encuentra, y mucha de su labor es aprender a moverse por él, de la misma forma que supuestamente haría la IA). A ello se sumaría el conocimiento latente que propongo depositado de forma especial en la literatura (en el caso de otras artes habría que indagar sobre lenguajes e interconexiones más primarias y ocultas -ocultas para el lenguaje hablado-), y que también señalaría sendas a transitar (quizás, como decía arriba, las más potentes). En esto se basa a mi entender la 'inteligencia' artificial: en surcar dichas rutas y en transvasar conocimiento, no en crear nuevas: la punta de lanza, quiero pensar, seguiríamos siendo siempre los humanos, quienes señalamos las nuevas vías.
No nos rayemos, por tanto, con el tema de la conciencia y de la inteligencia de las máquinas. Rayémonos con el tema de por qué hemos llegado a sociedades donde los procesos de retroalimentación e interpretación cognitiva tienden a dejar de hacerse entre humanos, y en si las personas podemos quedar aisladas con ello. Porque entonces nos marchitaremos y ya ni máquinas ni nada.
Me pregunto en este escrito sobre la experiencia humana delsufrimiento, algo que en último término se desarrolla en nuestra mente y que para algunas personas y situaciones puede llegar a ser tan “Fuerte como la muerte”, según ilustra muy bien la novela de Guy de Maupassant.
¿Por qué sufrimos? ¿Se puede sufrir menos o dejar de sufrir? ¿Sufrimos todos por igual ante circunstancias similares? Buscaré características del sufrir y del sufridor para intentar encontrar respuestas.
Para ello, me apoyaré bastante en "El malestar de la cultura" de Freud (1930; pdf), donde alguien tan referencial como él ya estudió el tema (o una parte fundamental del mismo). Asimismo, Freud siempre es un buen aliado para mantener, al menos, un pie en tierra.
Vaya por delante que todo lo que sigue parte de las reflexiones personales de alguien que para nada es experto en psicología, sociología, neurología, medicina, etc. Tan solo un ser diletante.
Expulsados del paraíso
Empezaré comentando algo que rondaba mi cabeza hace poco y que vi casualmente reflejado en un artículo sobre el libro de J. M. Esquirol “La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad”. En él se decía: «como reitera Esquirol, la nuestra es una vida en las afueras, expulsada del paraíso, enfrentada a su radical finitud, y, con ello, a los límites inherentes a toda aspiración».
Sí, yo ya había llegado hacía poco a una conclusión parecida: el paraíso no existe (de vez en cuando cree uno darse cuenta). Y ello pensando que cierta cantidad de sufrimiento es inevitable y que debemos aceptarla.
Freud tampoco era muy optimista al respecto. Para él, «la “Creación” no incluye el propósito de que el hombre sea “feliz”», y siempre «la realidad es la más fuerte». Además, explicaba: «Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad, surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole solo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer solo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino el contraste, pero solo en muy escasa medida lo estable. Así, nuestras facultades de felicidad están ya limitadas en principio por nuestra propia constitución. En cambio, nos es mucho menos difícil experimentar la desgracia».
Siguiendo con el esquivo paraíso, y en términos menos orgánicos, también recuerdo algo que una vez me dijo mi psicoanalista Ignacio Ruíz Lafita (aunque fuera hablando de otra cosa). Me explicó que si tuviéramos unas gafas especiales, con ellas veríamos que todas las personas que van por la calle llevan un chupete puesto, como los bebés. Según él, hasta que morimos todos intentamos volver a un estado cero de calma absoluta: al "huevo", al útero. (En psicoanálisis, a esto se le llama goce, como opuesto a deseo).
De la misma manera, en su libro "Ciudad sobre ciudad" (2001), y hablando del amor-pasión como una de las emociones asociadas a la filosofía, Eugenio Trías señala que la "experiencia de feliz unión con el principio matricial ["un pasado inmemorial que nunca jamás fue presente; un pasado que siempre insiste en ser pasado", añadirá después] constituye el paradigma mismo de una experiencia de felicidad edénica o paradisíaca: el máximo de felicidad que es dado recordar en esta vida. En relación a ella nuestra vida es, a la vez, una rememoración nostálgica de esa felicidad alguna vez experimentada y una amarga experiencia de exilio y éxodo que asociamos al desnudo hecho de existir...". Más adelante continúa: "Y esa evidencia del límite se experimenta como vertiginoso deseo de traspasar ese umbral y sumergirse en una unión fusiva y letal con ese principio matricial".
Es decir, y aunque la realidad sea tozuda al respecto, podría decirse que íntimamente todos nos negamos a aceptar la inexistencia del Paraíso (situándolo al mismo tiempo en lugares que suponen la más absoluta de las renuncias o imposibilidades). Pero, ¿no es ya lo anterior una razón suficiente para sufrir?
Sufridores y sufridos
Es interesante señalar desde el principio una especie de ambivalencia que hay en la propia definición de sufrimiento.
Además del sentido de angustia, padecimiento, aflicción..., la RAE le asigna una segunda acepción que es la de tolerancia al mismo (es decir, de forma curiosa, “sufrimiento” sería tanto sufrimiento como sufrimiento resignado o paciente). Este segundo significado se usa por ejemplo en ámbitos como el deportivo o el religioso, donde una meta compensaría o comprendería la penuria que su consecución conlleva, apuntando también a que el sufrimiento podría ser “atravesado” en pos de algo superior. Sería el caso de los sufridores "sufridos".
Recordemos además que la figura más influyente de la historia de occidente y de nuestro imaginario colectivo, Jesús de Nazaret, lo es precisamente en función de ser uno de ellos.
“Bella ciao” (“Adiós guapa”) resumiría el duro precio a pagar:
“Bella Ciao”- Manu Chao
Por otro lado, el término “sufridor” (que sufre) tiene un matiz popular asociado que parece indicar que los sufridores ejercen como tales por voluntad propia, como si en el fondo tuvieran la opción de no sufrir.
Vividores y sufridores
En principio, parece que existen unas personalidades más inmunes al sufrimiento que otras. Y no me refiero a quienes tienden a evitarlo toda costa, que también los hay, sino a aquellos/as que directamente dan la impresión de no saber qué es eso.
Por su contraste con el sufridor profesional (a quien sobre todo va dirigido este escrito), me parece interesante detenerme en ellos.
Así, ahí tenemos por ejemplo a “Zorba el griego”, el personaje de la película de 1964 de Michael Cacoyannis y el de la novela de 1946 de Nikos Kazantzakis en la que está basada. Zorba es un buscavidas rústico, pillo, vitalista, hedonista y altamente seductor cuyo temperamento se contrapone al del protagonista principal de la historia, Basil, un escritor de carácter sensible, cohibido, introvertido e intelectual (el candidato perfecto a sufridor). En una de sus muchas conversaciones, Zorba le dice a Basil: "Jefe, la vida es un problema, solo la muerte no lo es. Estar vivo es quitarse el cinturón y buscar problemas".
El carácter de Zorba se daría también en Mynheer Peeperkorn, el peculiar personaje de La Montaña Mágica (1918, Thomas Mann) que fascina por idénticas razones al protagonista de esta novela, al apocado y frágil, aunque ávido de conocimiento, Hans Castorp. Según Wikipedia, Peeperkorn “representa la capacidad de sentir y de gozar intensamente de la vida, en contraposición al intelectualismo”. Alto, grande y de gestos majestuosos, irradia y contagia vitalidad, compartiendo con los demás (o imponiendo, si hace falta) su devoción por los placeres que él llama sencillos o naturales: el buen comer, el buen beber… Peeperkorn (cuya boca es descrita sin embargo en la novela como “dolorosa y desgarrada”) “no puede soportar sacrificar la intensidad de la emoción a las exigencias de la vida cotidiana” (cliffsnotes.com). Siente “una necesidad extraordinaria de confortarse”.
«¿No es acaso la civilización una cuestión de entusiasmo, de embriaguez, de sentimiento deleitoso, más que de clarividencia y de elocuencia?»
«El dinamismo era lo importante en el mundo de la materia; todo es dinamismo, decía Peeperkorn, lo demás está condicionado a él».
De comportamientos en ocasiones también coléricos y autoritarios, tanto Zorba como Peeperkorn son además personalidades “extractivas”: el uno, socio-capataz de una mina y promotor de una explotación maderera; el otro, rico cultivador colonial de café. Para ellos, satisfacer sus pasiones parece requerir primero trasvasar bienes desde la naturaleza hacia sus bolsillos.
Como nota curiosa final de este capítulo, añadir que en las dos historias existe una atracción o necesidad mutua entre personajes de distinto signo (Zorba/Basil, PeeperKorn/Castpor); no solo del intelectual hacia el vividor, sino también al revés. Hay algo que les une, abriéndose la puerta a mi parecer a un punto intermedio óptimo.
"Enséñame a bailar", le dice Alan Bates a Anthony Quinn en la escena final de la película Zorba el griego:
Zorba el griego - escena Sirtaki
Las fuentes del sufrimiento
Motivos para padecer y sufrir hay muchos y muy variados. Dejo a continuación una lista de casos que se me han ocurrido:
Podemos sufrir: por un dolor o un displacer persistente; por perder algo o a alguien; por la merma de nuestras capacidades; por el menoscabo de nuestra imagen; por ser rechazados; por sentirnos excluidos; por enfrentarnos a una gran espera o disyuntiva; por estar sometidos a imposiciones o amenazas; por tener que hacer o estar haciendo algo que no queremos hacer; por la ruptura de nuestras expectativas o planes; por romper las de los demás; por ser testigos de injusticias; por el sufrimiento del prójimo…
Según su origen, en “El malestar de la cultura” Freud clasificaba las fuentes de sufrimiento en tres tipos posibles: las que se deben al propio cuerpo, a la naturaleza y a las relaciones con otros seres humanos (y puntualizaba: «El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen»).
En primer lugar, vemos que cabría distinguir entre motivaciones físicas u orgánicas y motivaciones emocionales. Sin embargo, desde la neurociencia se nos dice que, a nivel de cerebro, los dolores físicos y los emocionales son idénticos. Y, según Freud, «en última instancia todo sufrimiento no es más que una sensación; solo existe en tanto lo sentimos». Por lo tanto, no consideraremos aquí diferencias entre fuentes físicas y fuentes emocionales.
De otra parte, podríamos diferenciar el sufrimiento que se basa en una realidad consumada de aquel que nace de una anticipación mental (negativa). Si de ventajas pudiéramos hablar, diríamos que el primero, aunque más punzante en intensidad, da la posibilidad de un periodo de duelo de superación del que los segundos carecen. En cualquier caso, para el sufridor experimentado una realidad dolorosa consumada siempre es algo que previamente ha temido o podido temer.
Hacia la raíz del sufrimiento
Siendo el sufrimiento un hecho personal que ocurre en la mente de cada uno, salvo en casos extremos no debemos confundir sus fuentes (algunas de ellas nombradas en el apartado anterior) con sus causas reales. Y es que, en mi opinión, el sufridor o futuro sufridor tiende a hacerlo, a confundir detonantes con causas, siendo este uno de los principales problemas (se llega incluso a asociar sufrimiento con dolor, cuando en realidad el dolor puede ser una antesala del sufrimiento, pero no el sufrimiento mismo).
Esta tendencia a equivocar y externalizar las causas creo que se entiende mejor con un símil cercano: el de la picadura de un mosquito. Cuando nos ocurre, normalmente creemos que el picor cutáneo (“prurito”*, en medicina) y la roncha que se producen nos las causa el mosquito, cuando en realidad se deben a la reacción o respuesta de nuestro propio cuerpo, cuyo sistema de defensa segrega la verdadera causante: la histamina (la respuesta inmunológica es además distinta en intensidad según cada persona, dándose el caso de sobre-reacciones). Pues bien, de manera parecida, es decir, oculta y participativa, creo que también puede llegar a comportarse nuestro sistema psíquico con respecto al sufrimiento (aunque no siempre, como pasaría en el símil si en vez de la picadura de un mosquito consideráramos la de una avispa, donde el veneno sí produce más "directamente” el dolor). Siguiendo con el paralelismo, que da para más, y adelantándonos algo en el análisis, podríamos decir además que igual que rascarse una picadura no es una buena estrategia, aunque sintamos la necesidad y nos procure un alivio o desahogo provisional, intentar tapar con placer un dolor emocional nos hace a la larga dependientes de él, y ello sin solucionar el problema de fondo. Es mejor conocer la verdadera causa para poder aplicar la solución adecuada (por ejemplo, un antihistamínico), aunque en la mayoría de las ocasiones lo óptimo sea no hacer caso, interesarse en otras cosas y esperar a que el “picor” se vaya solo, que no suele tardar (fórmula esta, además, superior al medicamento en riqueza pedagógica y economía); también sirve ahuyentar los “mosquitos”, irse a un sitio donde no hayan, etc. (El simbolismo aplicado a las avispas también tiene su moraleja: estas solo nos pican si las molestamos o andamos desprevenidos o por donde no debemos).
Empezando ya con la búsqueda de causas más profundas para el sufrimiento (más allá de sus detonantes), de forma inicial nos encontramos con el argumento que podríamos llamar “evolucionista”, y que también aplicaría aquí: gracias al sufrimiento y a la necesidad que sentimos de evitarlo, la especie humana se dotaría de un mecanismo muy potente de conservación de la vida (debido a la anticipación del problema, a la previsión, al lazo social que genera...).
Bien, lo malo es que esta explicación tampoco sirve de mucho en términos prácticos (más allá de ayudarnos a practicar la tolerancia y tomar nota de que quizás el ser humano lleve en los genes la desconfianza, elemento que, como veremos, tocaría muy de lleno al sufrimiento). Además, en su gran parte, la humanidad ya se alejó hace tiempo de la evolución natural, estando ahora en plena evolución cultural. De hecho, tampoco estoy muy convencido de que el sufrimiento como tal existiera en la “primera fase”, al menos no como algo a tapar, a evitar o a gozar, que son los casos que tratamos. (La teoría evolucionista creo que aplicaría más bien al dolor que al sufrimiento).
Por suerte, la aportación de Freud resulta de mayor recorrido. En el texto que nos viene sirviendo de referencia, el psicoanalista austriaco llegó a sus propias conclusiones respecto al origen último del sufrimiento común. De esta forma lo resume la entrada de Wikipedia de El malestar de la cultura: «El tema principal de la obra es el irremediable antagonismo existente entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Es decir, una contradicción entre la cultura y las pulsiones donde rige lo siguiente: mientras la cultura intenta instaurar unidades sociales cada vez mayores, restringe para ello el despliegue y la satisfacción de las pulsiones sexuales y agresivas, transformando una parte de la pulsión agresiva en sentimiento de culpa. Por eso, la cultura genera insatisfacción y sufrimiento. Cuanto más se desarrolla la cultura, más crece el malestar».
Es decir, según Freud sufriríamos por tener que reprimir determinados instintos.
La agudeza y potencia de esta hipótesis se comprueban de primera mano si reparamos por ejemplo en determinadas insurrecciones sociales actuales, revueltas que van acompañadas de la cada vez más presente actitud negacionista. Por ejemplo, con respecto a la pandemia del Covid-19 (por no hablar del “cambio climático”, etc.), y contra todas las evidencias, son muchas las voces que se quejan amargamente por las restricciones impuestas (confinamiento, toque de queda, cierre de bares, uso de la mascarilla, etc.). Sienten su “libertad” invadida, y el mal trago que pasan por no poder atender sus “pulsiones o necesidades primarias” les impide empatizar con la gravedad de las consecuencias que su posición tiene para otros, e incluso para ellos mismos. Muchas de estas personas suelen además esgrimir el liberalismo para defenderse, cuando en realidad, aplicando la teoría de Freud, lo que ocurriría es que para ellos/as estas cuotas de represión resultan demasiado dolorosas anímicamente.
Dicho sea de paso, ese negacionismo se produce también entre personas que, aun declarando su conocimiento sobre cualquier problema, se comportan de forma contraria a él. Serían los negacionistas de facto, o negacionistas del negacionismo, quizás más problemáticos en la práctica que los primeros. Como ejemplo concreto se podría citar el famoso chuletón del Presidente.
Una conclusión personal a la que he llegado al respecto es que las personas somos capaces casi de cualquier cosa por evitar el sufrimiento o enfrentarnos a él, y podemos aferrarnos de la forma más necia e hipócrita imaginable a todo aquello que nos permita sortearlo (mecanismos de confianza/seguridad o de evitación que hemos desarrollado o heredado).
Volviendo a la teoría de Freud, lo que menos se entiende en mi opinión de ella es la acotación que hace de determinados tipos de instintos, apuntando solo a la represión de los sexuales y de los agresivos (ahí no acaban los instintos, hay más: el gregario, el maternal, el hambre, el sueño…). Quizás lo anterior sea porque su escrito se refiera a la generalidad de las personas, en las que seguramente él vería prevalecer la vocación “vitalista” e incluso “vividora” (y a los que consideraría como “sanos”). Para mí, sin embargo, el daño emocional puede ampliarse a la represión de cualquier tipo de instinto. De hecho, para el sufridor que podríamos llamar nato, el problema a mi entender sería la contención extensiva de instintos, más allá incluso de aquello a lo que la sociedad obliga (o de lo sano).**
*Me parece interesante presentar las dos acepciones que tiene el término “Prurito”: 1. Deseo constante, y a veces excesivo, de hacer una cosa de la forma más completa o perfecta posible. "Tiene un gran prurito profesional y nunca deja las cosas a medias". 2. (medicina). Picor que se siente en una parte del cuerpo o en todo él y que provoca la necesidad o el deseo de rascarse.
**En otro texto de este blog, El grupo como deseo, llegué a la conclusión, también generalista, de que la represión se estaría produciendo debido a un conflicto interno entre instintos al que el humano se ve abocado, llevándole a reprimir unos para satisfacer otros. Pero es cierto que no a todo el mundo le pasa en igual amplitud, que hay personas que tienden a reprimir más.
Antídotos contra la angustia
Con lo que tenemos hasta ahora, veamos qué estrategias podríamos utilizar en principio para contrarrestar el sufrimiento. Me apoyaré en parte en las opciones que plantea el propio Freud en “El Malestar de la cultura”.
Antídotos contra la angustia (más o menos conocidos):
La búsqueda de entornos menos problemáticos y más adecuados para cada uno (el caso extremo sería el aislamiento voluntario, el alejamiento de los demás, la quietud...).
El abordaje químico (recordemos que, según Freud, el sufrimiento «sólo existe en tanto lo sentimos, y únicamente lo sentimos en virtud de ciertas disposiciones de nuestro organismo»).
La eliminación de excesos de represión innecesarios, recuperando parcelas de placer previamente rechazadas.
Compartir nuestras preocupaciones con determinados amigos, familiares u otras personas de confianza. Nos puede ayudar a ver mejor la realidad.
La ayuda profesional externa.
El ejercicio o el trabajo físico. Siendo el sufrimiento un hecho en gran parte mental, volver el foco hacia el cuerpo y quitárselo a la mente ayuda.
Las técnicas de relajación y meditación.
El refugio consciente en la imaginación, gracias también al disfrute del arte, de la música…
El amor (según Freud, este «no se conforma con la resignante y fatigada finalidad de eludir el sufrimiento, sino que la deja a un lado sin prestarle atención, para concentrarse en el anhelo primordial y apasionado del cumplimiento positivo de la felicidad»). (Por primera vez, Freud distingue entre placer y felicidad; y curiosamente al hablar del amor).
La sublimación. Esta opción, nombrada específicamente también por Freud, consiste en una desviación de los instintos o las pulsiones hacia un nuevo fin, por ejemplo hacia lo artístico o lo intelectual. En palabras suyas: «las satisfacciones de esta clase, como la que el artista experimenta en la creación, en la encarnación de sus fantasías; la del investigador en la solución de sus problemas y en el descubrimiento de la verdad, son de una calidad especial que seguramente podremos caracterizar algún día en términos meta psicológicos. Por ahora hemos de limitarnos a decir, metafóricamente, que nos parecen más “nobles” y más “elevadas”, pero su intensidad, comparada con la satisfacción de los impulsos instintivos groseros y primarios, es muy atenuada y de ningún modo llega a conmovernos físicamente». (Nuevamente vemos un "desliz" del, habitualmente, positivista Freud, quien se atreve a hablar ahora de "meta-psicología", es decir, de transcendencia).
La desaparición del problema o fuente de sufrimiento (esto es en ocasiones necesario, cuando el problema nos supera, o cuando las condiciones naturales no le permiten a nuestro cuerpo tener el equilibrio que requiere).
Como dice el propio Freud de la suya, esta lista es un tanto fragmentaria*. Pero no solo fragmentaria. Yo añadiría que insuficiente. Creo que todavía se puede ir un poco más allá.
*Además, prosigue Freud: «ninguna regla vale para todos; cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz [...] desempeña un papel determinante la constitución psíquica del individuo, aparte de las circunstancias exteriores. El ser humano predominantemente erótico antepondrá los vínculos afectivos que lo ligan a otras personas; el narcisista, inclinado a bastarse a sí mismo, buscará las satisfacciones esenciales en sus procesos psíquicos íntimos; el hombre de acción nunca abandonará un mundo exterior en el que pueda medir sus fuerzas».
La búsqueda del placer continuo
Para continuar con nuestro análisis, creo que es importante darnos cuenta de un posible error que venimos cometiendo con respecto al concepto de placer, al relacionarlo siempre de forma inmediata con el de felicidad. Lo hemos hecho dejándonos llevar por Freud, pero, tal y como acabamos de observar arriba, él mismo se desdice de alguna manera. Y es que, al menos en ocasiones, placer no es felicidad (ni lo contrario de sufrimiento). Lo veíamos al hablar de la picadura de mosquito, donde el placer que sentimos al rascarnos se basa en un mero contraste dolor/no dolor, es decir, sin aporte neto, sin proyección y sin satisfacción espiritual alguna.
Yendo además un poco más lejos en esta posible dinámica nada positiva (nada feliz) del placer (dinámica “del tobogán”), vemos que el propio dolor podría acabar representando un goce en sí mismo, al asegurarnos de alguna forma la próxima dosis de placer. Y, si damos un paso más allá y nos situamos en el sufrimiento, ¿no quedarían ya reservadas con él todas las dosis por venir y de la mayor intensidad posible? Tentador para algunos.
"Only Happy When It Rains" - Garbage
Pongo un ejemplo personal: recuerdo que de pequeño me gustaba que mi madre me rascara la espalda (ella se negaba, pero yo insistía mucho). Me doy cuenta ahora a qué se debía. También llegué a hacer un ejercicio a todas luces absurdo: me ponía el despertador a las 6 de la mañana para así notar el placer de dormir y seguir haciéndolo hasta las 7.
Resumiendo, el placer podría necesitar del dolor, y el sufrimiento ser ese “picor” que no paramos de rascar nunca en busca del placer continuo (y que podemos incluso llegar a provocar).
Además, y visto desde el ángulo opuesto, en el ser humano actual la simple ausencia de placer parecería implicar sufrimiento, como si existiera una línea muy fina entre ambos, sin prácticamente espacios de equilibrio intermedios.
Por cierto, muchas veces se ha dicho que el dinero mueve el mundo, pero ¿no será también por el placer al que da acceso, como defensa frente al sufrimiento?
“Money Money” - Joel Grey y Liza Minnelli
Sin embargo, a mi entender, la estrategia pura del placer es tirar la toalla con respecto a la felicidad. Como lo es cualquier planteamiento defensivo o elusivo que nos impida ir hacia adelante con aquello que realmente nos satisface (por descubrir, eso sí). (De alguna manera, y quizás a través del sufrimiento, que siempre acecha, la vida nos “obliga” a ser felices).
La pregunta que surgiría ahora sería: ¿por qué llegamos a preferir el placer a la felicidad, a aquello que no necesita del dolor, que es gratis? ¿Quizás porque no creamos en ella? ¿Y por qué no creemos?
Antes de continuar, decir que el símil de la picadura de mosquito ha introducido indirectamente el importante concepto de la paciencia como elemento necesario para alejarse del pozo de entrada al sufrimiento. (Este concepto de paciencia también queda reflejado en la experiencia que nos proporciona nuestro propio cuerpo, que es capaz de dejar de requerirnos la satisfacción de un instinto que estuviera molestándonos. Por ejemplo, mientras dormimos se para la sensación de hambre que pudiéramos haber tenido antes. Incluso pueden llegar a desaparecer determinados dolores y, otrora, urgencias físicas).
Aprovechando que estamos ante una experiencia personal, quizás sería interesante perseverar con el esfuerzo de introspección para extraer otros datos informativos de alcance, como por ejemplo, características comunes del padecimiento independientes de las fuentes que lo motiven (ya sean estas miedos, amenazas, dolor, dudas, rechazos, pérdidas, imposiciones…). Algunas de ellas ya han ido apareciendo. Así, en mi opinión, en el sufrimiento:
Siempre existe una anticipación. No paramos de hacer cábalas de cómo evolucionará el problema, de sus posibles soluciones y de sus consecuencias. Es decir, la dimensión temporal, y en concreto el futuro, sería central, desarrollándose todo en el terreno de la imaginación. Además, la anticipación siempre es negativa: nos ponemos en lo peor, y vivimos la catástrofe por adelantado.
Hay un sentimiento de imposibilidad o impotencia. No vemos salida y el pesimismo y el abatimiento se apoderan de nosotros (en realidad pensamos que no existe salida).
También, tenemos una sensación de urgencia. Deberíamos resolverlo cuanto antes y de una vez para siempre.
Como vemos, estas tres características (interrelacionadas entre sí) convierten al sufrimiento en un auténtico círculo vicioso (obsesión): buscamos soluciones sin parar, nos sentimos sin embargo condenados, sin alternativa, pero al mismo tiempo es urgente que salgamos de ahí. Y vuelta a empezar. Más allá de que la situación tenga o no solución (muchas veces sí que la tiene, por experiencia), es ya precisamente esta actitud de preocupación enfermiza la que vuelve irresoluble el problema. Al final es como si nos pegáramos un tiro en el pie.
A la luz de esto cobra cierto sentido esa frase hecha que todos hemos escuchado alguna vez, sobre todo en las películas estadounidenses: «No te preocupes, todo irá bien». Yo siempre me preguntaba: ¿cómo lo sabrán?, ¿con qué autoridad se atreven a decirlo? Pues bien, el efecto placebo, sobre todo cuando eres pequeño, puede llegar a funcionar. Y es que romper ese círculo vicioso es importante. Porque, como hemos visto, y valga la redundancia, el problema no es el problema, sino el vórtice en el que caemos. Desde fuera parece mágico: el miedo llama al fracaso, igual que la confianza al éxito.
Tirando de este hilo, pareciera que en el sufrimiento fuera clave una pérdida de fe, sobre todo cuando, sobrepasando su carácter mágico, se desvanece ante nosotros aquello en lo que creían quienes nos dijeron «No te preocupes, todo irá bien». En cualquier caso, ¿cómo y dónde recuperar la confianza? El psicoanálisis, entre otros, nos dice que, sobre todo, dentro.
Por último, otra cosa importante que hasta el momento se nos ha escapado con respecto al sufrimiento creo que es la autocrítica. Sí, porque la angustia, tal y como se decía arriba, parece también un mecanismo dirigido contra nosotros mismos (un tiro en el pie), algo que nos cuestiona y nos pide al tiempo una salida. Siguiendo con la enumeración, igualmente fragmentaria, sobre denominadores comunes en la experiencia del sufrimiento, dejé uno por nombrar que también teníamos esbozado, el 4:
Anticipación negativa
Imposibilidad
Urgencia
Desplazamiento o externalización. Como se explicaba antes, en el sufrimiento tendemos a asociar detonantes con causas, y solo si somos capaces de pensar en profundidad llegamos a ver que lo que realmente nos hace sufrir no es el elemento superficial que aparece en primer término, sino otro u otros de fondo que pasan desapercibidos. Para localizarlos, ante un problema uno debe ponerse en el peor de los casos: ¿qué es lo más nefasto que me podría ocurrir? Como norma general veremos que al final no tememos ni a la inanición ni a la muerte, sino a dos tipos de cosas que están interconectadas entre sí:
A perder algo a lo que tenemos apego.
A tener que depender de los demás.
Por ejemplo, si tu vecino te hace la vida imposible y sufres por ello sin parar, pero al mismo tiempo te cuesta enfrentarte con él, o, llegado el caso, no serías capaz de cambiar de casa para evitarlo (y perder de paso unos miles de euros en el traslado, por ejemplo), la causa de tu sufrimiento no son los ruidos o las faltas de respeto, sino la dificultad de queja (queja que pone en riesgo nuestra tendencia protectora a agradar) y el apego a un bien inmueble y al dinero, que son lo que en última instancia nos dan seguridad o confianza.
Evidentemente, no estoy diciendo que los apegos sean algo baladí, ni fácil de superar (en ocasiones es directamente imposible hacerlo, o inconveniente, o desproporcionado); tampoco digo que no contengan elementos estimables; tan solo estoy apuntando que no nos damos cuenta de lo que realmente nos acongoja, con lo que queda tapado… y poderoso.
En cuanto a la dependencia de los demás (por ejemplo, si tienes que pedir dinero prestado para cambiarte de casa, o que te acojan en la de otros), es un poco similar. No queremos pedir a los demás porque pensamos que ellos serán igual que nosotros, que tendrán sus apegos y que les haremos una faena. Probablemente sea cierto (para empezar, seguramente no comprendan nuestra demanda), pero nuevamente vuelve a quedar oculta una resistencia egocéntrica propia (ahora proyectada) que es esencial nombrar (el Yo es muy importante, pero en ocasiones puede ser también nuestro peor enemigo).
De igual manera, la pesadumbre por haber hecho algo mal puede muy bien esconder la dificultad para pedir perdón, origen real de la aflicción y a la que nos conduce nuestro orgullo.
Corazón de cristal. Conclusión
Más allá del problema o de la contingencia concreta que le preceden, en el sufrimiento siempre hay una sensación de imposibilidad, de estancamiento, de condena. De parálisis. Es esa puerta cerrada lo que realmente nos angustia. El pensar que nada podremos hacer y que todo irá a peor: el pesimismo ante la derrota y la pérdida anticipadas, sin haber hecho lo suficiente o nada en absoluto* (en el fondo parecemos intuir que sí podría haber una solución: lo que en realidad nos aterra es nuestra impotencia o resistencia para descubrirla o para aplicarla -quizás porque la concebimos como una indignidad para el Yo-).
Imposibilidad de quejarse, de actuar (o de esperar), de pedir la ayuda oportuna, y, tras ello, miedo a desprendernos de posesiones, estatus, proyectos, costumbres, identificaciones, apariencias... apegos.
Unos apegos que con el tiempo suplantaron a la confianza original, esa cuya pérdida convirtió realmente nuestro corazón en un corazón de cristal y nos sacó del paraíso.
Blondie, "Heart if glass"
Once I had a love and it was a gas
Soon turned out had a heart of glass
Seemed like the real thing, only to find
Mucho mistrust, love's gone behind
Once I had a love and it was divine
Soon found out I was losing my mind
It seemed like the real thing but I was so blind
Mucho mistrust, love's gone behind
In between
What I find is pleasing and I'm feeling fine
Love is so confusing, there's no peace of mind
If I fear I'm losing you it's just no good
You teasing like you do
Once I had a love and it was a gas
Soon turned out had a heart of glass
Seemed like the real thing, only to find
Mucho mistrust, love's gone behind
Lost inside
Adorable illusion and I cannot hide
I'm the one you're using, please don't push me aside
We coulda made it cruising, yeah
La, da, da, la, la, la, la, la, la, la...
Yeah, riding high on love's true bluish light
Ooh, oh, ooh, oh...
Once I had a love and it was a gas
Soon turned out to be a pain in the ass
Seemed like the real thing only to find
Mucho mistrust, love's gone behind
--
Una vez tuve un amor y aquello fue un “gas”
Pronto resultó que (yo) tenía un corazón de cristal
Parecía definitivo, solo para descubrir
Mucha desconfianza, el amor se ha ido detrás
Una vez tuve un amor y aquello fue divino
Pronto descubrí que yo estaba perdiendo la cabeza
Parecía definitivo, pero yo estaba tan ciega
Mucha desconfianza, el amor se ha ido detrás
Mientras tanto
Lo que encuentro es placentero y me siento bien
El amor es tan confuso, no hay paz mental
Si temo que te estoy perdiendo, eso no está bien
Tú me provocas con lo que haces
Una vez tuve un amor y aquello fue un “gas”
Pronto resultó que (yo) tenía un corazón de cristal
Parecía definitivo, solo para descubrir
Mucha desconfianza, el amor se ha ido detrás
Perdida por dentro
Un adorable espejismo y no lo puedo ocultar
Soy yo a quien estás utilizando, no me apartes a un lado
Podríamos haberlo hecho en plan “crucero”**, sí
La, da, da, la, la, la, la, la, la, la...
sí, montando alto en la verdadera (inevitable) luz azulada (dolorosa) del amor
Ooh, oh, ooh, oh...
Una vez tuve un amor y aquello fue un “gas”
Pronto resultó que (yo) tenía un corazón de cristal
Parecía definitivo, solo para descubrir
Mucha desconfianza, el amor se ha ido detrás
*Si hay acción pero esta es precipitada y no adecuada, lo que hacemos es posponer el sufrimiento.
**Definiciones de "cruising" en el traductor de Google: 1. Acción de navegar en una zona sin un destino preciso, sobre todo por placer. 2. Acción de un niño pequeño de caminar sujetándose a muebles u otras estructuras, previo a aprender a andar sin apoyo.
Hay en esta situación tan extraordinaria que vivimos, en esta pandemia global que confina a la mayoría, oprime a muchos y mata a tantos, hay en ella digo algo que desde el principio me ha parecido misterioso. Se trata del carácter invisible de su causa (carácter que para algunas personas llega incluso hasta la simple inexistencia, como ocurre también en animales, plantas y calles). Sí, el temible virus que asedia nuestro espacio público (y el pecho de algunos familiares, amigos o vecinos), es al mismo tiempo inapreciable a la vista. Está, pero no está. Podríamos decir que su presencia es cristalina, diáfana, intangible, vacua, inadvertida, latente, secreta, irreal.... transparente. Pues bien, pensando sobre esta peculiar transparencia del germen que nos afecta, he visto que solo habría otra con la cual podría compararse: la transparencia de una ILUSIÓN (o de un conjuro). Y ello, porque además de su misma naturaleza inmaterial (a la vez que contagiosa, intransigente, inespecífica y universal), tiene la ilusión una fuerza o potencia diferida igualmente arrolladora, cuando, por ejemplo, se realiza, o cuando se frustra (hasta el punto de llevar en este caso a algunos cuerpos también al colapso). Por eso, y viceversa, pienso además que las actuales circunstancias están siendo un formidable escenario de expresión para el verdadero padre de la ilusión (y tan importante para nosotros como lo es el aire para respirar): me refiero al deseo (lo podemos llamar vida, o amor). Y en estos días, campa soberano por espacios llenos de tiempo, filtrándose, descarado y libre (transparente!), en el cuadro anómalo de nuestras existencias (léase también balcón, o Facebook).
Y ante este deseo puro, y no ya acomplejado o miedoso de sí mismo, ante él sí, ¡mascarillas fuera!
Huyendo de intentar ser exhaustivo o demostrar nada, quisiera lanzar aquí, como globos al aire, unas cuantas respuestas personales a esta tremenda pregunta: ¿Por qué las guerras?
Antes de ello, explicaré el contexto en el que esta cuestión surgió en mi. O más bien, en el que volvió, porque no era nueva. Me parece ilustrativo.
Fue este verano, durante una hospitalización que tuve de cuatro semanas. Después de alcanzar con éxito la remisión completa de un cáncer, mi médico me recomendó someterme a cierto tratamiento para consolidarla. El objetivo era ir lo más lejos posible en la eliminación de eventuales células malignas ocultas, disminuyendo así el riesgo de una recaída. Los únicos problemas del tratamiento eran los siguientes: colateralmente, mi sistema gástrico iba a sufrir fuertes daños temporales, no podía abandonar el tratamiento a mitad, e iba a estar en régimen de aislamiento estricto.
Nada que pensara que no pudiera afrontar. Así que yo mismo firmé aquel encierro, que comenzó un 15 de agosto en una pequeña y aséptica habitación de hospital (la que acabaría siendo mi particular celda). No sabía en lo que me estaba metiendo.
Inicialmente, el tiempo, aunque lento, iba pasando. Me ajustaba a los ritmos que marcaban las comidas: desayuno, comida, merienda, cena... y me entretenía leyendo (La montaña mágica, una curiosa elección en estas circunstancias), viendo la tele o haciendo un poco de gimnasia. Esperanzado, iba descontando los días: 28, 27, 26...
Pero pronto, concretamente al final de la primera semana, todo cambió. Me empecé a encontrar realmente mal (algo por otro lado esperado por los médicos). Me dolía desde la boca hasta los intestinos. Ya no podía tragar, y la comida empezó a darme asco. Llegado cierto punto, ni siquiera podía tolerar la visión de las bandejas. Pero no sólo ésto. También me molestaban indeciblemente otras cosas, como el olor de la habitación, o el talante de parte del personal sanitario, así como la sobre protección ocasional de mi familia. Dejé de ver la televisión. La mayoría de los programas, series, películas... me hacían daño. No podía soportar los conflictos en los que, casi invariablemente, todos se basaban. Especialmente, me daban nauseas unos documentales de La 2 sobre la II Guerra Mundial. ¡Tanta devastación, tanto sufrimiento absurdo! Imposible mirar aquello. La apagaba al instante.
Aunque no me daba cuenta, el incesante dolor y el encierro me estaban afectando mentalmente. Me daba la impresión de que el tiempo se había detenido, quedando atrapado en el puro y terrible presente. (Por supuesto, uno de mis primeros rechazos había sido hacia Hans Castorp, el personaje de Thomas Mann en La montaña mágica; ya no encontraba poético su aislamiento, su entrega voluntaria a un tiempo elástico, sino todo lo contrario). La esperanza había desaparecido de mí.
A partir de cierto punto, la situación se me hizo directamente insoportable.
Por suerte, justo en el momento más crítico, pude tener una pequeña reacción, suficiente para mantenerme a flote.
Por un lado, me di cuenta de que una vieja conocida a la que había olvidado, la depresión, se estaba instalando de nuevo en mí. Ya tenía un nombre para lo que me ocurría. Entonces hice unas conexiones que ahora me parecen providenciales: vi que siempre que en el pasado tuve depresión había sido en circunstancias similares: cautiverios (no físicos) a los que me yo mismo me había sometido. Pero el de ahora difería sutilmente, ya que era realmente por mi bien, no para cumplir con unas expectativas propias o ajenas. O así debía serlo. Eso también me ayudó. Además, supe que, por causas sobre las que me toca pensar mucho, soy muy sensible a las situaciones claustrofóbicas. Sin yo hacer nada, en los momentos más horribles acudían a mi mente situaciones agobiantes. Por ejemplo, me acordaba de mi amigo Javier, que murió de ELA (enfermedad en la que el cuerpo deja de obedecerte y quedas aprisionado en él) y lo que me costaba estar a su lado en ciertas ocasiones. Recordaba esas crónicas de la II Guerra Mundial que había visto en la tele recientemente y que tanta angustia me habían producido, con sus inhumanos asedios, trincheras y campos de concentración. Pensaba también en los niños maltratados de nuestros días, en su indefensión cuando están a solas con sus verdugos. En la muerte por ahogo. O en esos pájaros silvestres que "se hacen bola" cuando los pones en una jaula, para luego morir (lo sé bien porque yo fui su pequeño carcelero y verdugo). Y así, multitud de otras "prisiones" inefables e insufribles, algunas forzosas, otras en las que entramos voluntariamente.
Por otra parte, y quizás más importante todavía, también comprendí que tenía problemas para mostrar mis sentimientos a los demás. Yo siempre he sido "don perfecto", ese que no se queja nunca ni muestra sus debilidades: el que todo lo supera por sí mismo. Pues bien, fue en el instante mismo en el que me decidí a protestar ante la enfermera jefe y la médica de guardia por lo que venía percibiendo como una falta de empatía en el trato, que noté diluirse mágicamente el estado agónico que me asfixiaba. En su lugar apareció otro liberador, todavía mínimo en cuanto a oxigenación, pero suficiente para resistir unos pocos días más; justos los que necesité para llegar a la tarde del martes 28 de agosto, cuando, acabada ya la segunda semana, y tras despertar de una siesta, noté que los dolores habían desaparecido; de pronto, por completo y para siempre. Como un milagro. Ese martes, sobre las 17 horas, experimenté de nuevo la felicidad, quizás como nunca la había sentido antes. Era una felicidad serena, agradecida y constante.
14-18: El ruido y la furia
Pasaron unos días y noté que recuperaba mi equilibrio psíquico. Aunque parsimonioso, el tiempo volvía a fluir, y lo llenaba con felinas caminatas por mi cuarto, con música y con un pensamiento que se me había quedado fijado: ¿Por qué las guerras?
Entonces decidí, tal y como he avanzado, no ya hacer una investigación profunda sobre el tema, que no me apetecía, sino rescatar aquellas respuestas intuitivas que estuvieran dentro de mí.
Pronto encontré que eran muchas más de las que en un principio imaginaba, y que en el poco material que de forma inconexa consultaba surgían ciertos asuntos e ideas relacionadas que me resultaban preciosas.
Empecé intentando encontrar algo de información sobre la génesis de la II Guerra Mundial. Pero, finalmente, acabé fijándome en la que le precedió, más oscura todavía ante mis ojos: la Gran Guerra, la primera de nuestra era moderna, ese monstruo horroroso que puso en marcha o que condensó todo lo que tememos. Afortunadamente, di con el documental perfecto. Y además, ya tenía los arrestos para enfrentarme a él.
Se trata de un soberbio documento narrado en primera persona por un joven contendiente francés, en base precisamente a su experiencia personal en el frente de batalla. Su voz surge desde el núcleo más humano que pueda haber, desde el más ingenuo y abierto: el de la pregunta ("¿por qué dije sí a la guerra?"). Y, muy importante, a partir de una completa desafección patriótica. Además, su relato, al ritmo justo de unas imágenes durísimas pero impagables, es de una belleza extraordinaria, pura poesía ("comemos barro, dormimos embarrados y vivimos vidas de barro"). Y, como sabemos, sólo la poesía puede llegar tan hondo.
Para encontrar lo que me interesaba no tuve que esperar mucho. El documental aportaba pronto datos muy esclarecedores:
"En la primavera de 1914 estoy en París, pasándolo bien con León. Es mi Belle Epoque. Tengo 24 años. Por todas partes se alaban los adelantos" (1'21")
"Nada nos hacía prever semejante barbarie" (1'36")
"¿Por qué esas cifras tan absurdas? 10 millones de muertos, 23 millones de heridos..." (2'48")
"Escucho a los historiadores contarme mi guerra, y veo cantidad de películas que discuto con los colegas. Y entonces describimos el 14-18 como el conflicto impuesto a la tropa, es decir, padecido" (5'26")
"El soldado solo pudo elegir entre las balas que llegaban de frente o las que le alcanzaban por la espalda, las del enemigo o las de su propio bando" (5'40")
"Pero la guerra, nuestra guerra, fue libremente consentida. Porque, ¿por qué si no yo y todos los demás habríamos aceptado cuatro años de intensos dolores, las condiciones de vida innombrables y todo lo demás sin apenas rebelarnos?" (6'09")
"Nosotros nos entregamos a esta guerra en cuerpo y alma, y en el 14, consentir es nuestra razón de ser" (6'23")
"Patria, deber, palabra, heroísmo, honor, odio. Palabras esenciales que hicieron la guerra a través de nosotros" (7'24")
"La gran guerra nos cae encima como un chaparrón de verano. El 28 de junio de 1914, el archiduque de Austria es asesinado en una lejana ciudad de los Balcanes... El imperio austro-húngaro declara la guerra a Servia. Todo se precipita. Rusia, aliada de Servia, declara la guerra a Austria. Alemania dice cuatro verdades a Rusia. Francia, aliada de Rusia, llama a la movilización. Alemania nos declara la guerra, y nosotros se la declaramos a ellos. Yo declaro la guerra a mi vida. Después, nunca volvería a ser el mismo" (9'10")
"Las damas nos aplauden cuando desfilamos por delante de las mesas de los cafés. Algunas se desmayan" (10'10")
"Jóvenes ávidos de aventuras como nosotros... La esperanza de una escapada que se convierte en pesadilla" (10'37")
Creo que las citas anteriores (1) dan cuenta suficiente del ambiente en el que se generó la Gran Guerra, de lo que latía por dentro. Y sobre todo, parecen apuntar a un denominador común como intrínseco al pavoroso suceso: la ingenuidad, la inconsciencia o, peor todavía, la necedad humana (ese estado alucinatorio o enajenado de la realidad en el que ésta deja de apreciarse con exactitud), así como cierta predisposición a guerrear bajo cualquier pretexto (eso que comúnmente llamamos "buscar pelea").
"Lo que muestra este documental parece una locura: la I Guerra Mundial se mantuvo por un consentimiento general" (sinopsis en filmaffinity)
Actualmente, pienso que la repetición de las guerras es mucho mas difícil, gracias por ejemplo a testimonios como éste y a otros muchos que forman la memoria histórica reciente, a la reacción institucional que internacionalmente apareció tras 1945, a la globalización, etc. Sin embargo, esas condiciones de necedad ante la barbarie y de predisposición guerrera que se encuentran en la base del problema siguen bajo mi punto de vista latentes, listas para activarse, y por tanto pendientes de explicaciones todavía más profundas, más de raíz. Es lo que quiere indagar mi pregunta: ¿por qué las guerras? Sigamos hacia ella.
Max Weber
Antes, y todavía como introducción, quiero dejar constancia de unos descubrimientos que pude hacer a partir de este mismo documental. Fue al consultar los hilos que se generaron en Twitter tras su emisión en TVE en junio de 2014 y en febrero de 2017: #LNTIGuerraMundial
Entre muchos otros mensajes que resaltaban la absurdidad de las guerras, encontré uno que me llamó la atención y en el que se señalaba a un gran pensador, al sociólogo alemán Max Weber (1864-1920), como alguien no ajeno al ambiente de escalada belicista de aquellos días. Decía así: "Un sabio como Max Weber también hizo una obscena exhibición de nacionalismo germánico en una conferencia repugnante". Este tuit hizo saltar todas mis alarmas: ¿la razón también participó?
Me costó encontrar la conferencia en cuestión ("El Estado nacional y la política económica alemana", 1895), e informándome conocí que se refería a una primera etapa de Weber, todavía sólo un joven economista. Algunos investigadores apuntan que, por entonces, su orientación podría corresponderse con cierta corriente ideológica denominada darwinismo social (hablaré sobre ella brevemente más adelante). Sin embargo, con posterioridad, Weber superó esta fase. El seguimiento de su evolución, aparte de ofrecernos importantes datos sobre la mentalidad que dominaba la época que condujo a la lucha armada, nos habla de una hermosa conquista personal a partir del rigor intelectual y humano. Señalaré a continuación unos pocos textos para quien quiera saber más, subrayando algunas de las conclusiones encontradas que me parecen más relevantes y sorprendentes.
En el primer documento que recomiendo, Max Weber, crítico político, Gerhard Schulz hace el recorrido de ese cambio acaecido en Weber. Schulz nos explica cómo el pensador, sin dejar de lado su orgullo alemán (legítimo), vira el discurso para finalmente "poner en tela de juicio y eliminar de su público científico las reglas convencionales, las costumbres y axiomas pseudonaturalistas" (2). Rescato dos ideas de este texto que me parecen magníficas: primero, Weber expresó que la potencia de una nación o pueblo nace de forma orgánica (no forzada) a partir de la calidad de su política interna, y no como imposición a través de su política exterior (sugiriendo de paso que la Alemania de 1914 poco tenía que ofrecer al resto del mundo, y menos aún que imponer). En segundo lugar, me parece que la posición en la que Weber sitúa a la espiritualidad (campo del que por lo visto era un gran conocedor), queriendo desconectarla de la ciencia y de la sociedad pero no de la intimidad de la vida humana, es de un equilibrio tan portentoso que merece la pena anotarla. (3)
Un tercer artículo que me parece interesante es Invocación de Max Weber al Soneto 102 de Shakespeare (Luis R. Oro Tapia). En él se analiza su discurso Política como profesión (1919), donde un Weber ya maduro se dirige a un auditorio repleto de posibles futuros políticos, y les habla del Estado, de la violencia y del carácter demoníaco del poder con el que todo futuro político tendrá que enfrentarse, y para lo que solo podrá contar con la ética de la responsabilidad.
Sin embargo, vemos aún cómo, pese a desprenderse del supremacismo y ser reflejo fiel de lo que hasta ahora ha sido nuestro mundo, la defensa del Estado que hace Weber, o del concepto rígido de Estado, debería evolucionar. Porque sí, las ideas, si se quedan fijas, si no fluyen, también generan guerras.
Darwinismo social
Como última parada antes de abordar definitivamente la pregunta fundamental, hablaré de ese concepto encontrado al fijarme en el primer Weber: el darwinismo social.
La ideología del darwinismo social ha tenido y sigue teniendo multitud de adeptos. Desde ella se predica que debe dejarse, e incluso incentivarse, que el "fuerte" se imponga al débil, y abandonar además a éste a su suerte para evitar que la especie se corrompa. Ni más ni menos. Una ideología paralela al liberalismo económico radical (y su competitividad a ultranza) cuya mención, por razones obvias, viene muy al caso en el tema de la guerras.
Antes de continuar, quiero decir que el darwinismo (entendido como sinónimo de la ley de selección natural) es uno de los conceptos históricamente peor comprendidos, incluso en la actualidad (sobre todo ante la perspectiva de unas mutaciones genéticas azarosas). Hay como una especie de resistencia a asimilarlo. Cuando, en realidad, lo nos dice la ley de selección natural es bien simple: que solo pasarán sus genes (mutados o no) a la siguiente generación, configurando así las características de ésta, quienes sobrevivan hasta la edad de reproducción y cumplan las condiciones que marque su especie para realizarla. Ya está. Pero entonces empiezan las interpretaciones. Por ejemplo, la del darwinismo social, que como hemos visto infiere que la selección natural es un proceso autoregulatorio (a imitar a nivel social) en el que solamente los más "fuertes" llegan a esa edad y cumplen esas condiciones (el propio Darwin creyó esto; véase la entrada de darwinismo social en wikipedia). Sin embargo, con respecto a los individuos que tienden a realizar la transmisión genética, otros pueden pensar que no serían los más "fuertes", sino mas bien aquellos con mayor eficiencia energética, o con más resistencia, con mejor capacidad de colaboración, o, directamente, los que se metan en menos líos, etc. (Nietzsche opinó incluso que la mentira -por protectora- o la debilidad -por estimulante-, son rasgos que tenderían a seleccionarse -además, puso en duda el axioma del autoequilibrio natural-). En definitiva, se fijarían aquellas características que resulten adaptativas y/o ventajosas con respecto al medio (medio que incluye a los semejantes). Pero aquí aparece otra dificultad, un segundo factor que solemos obviar: que ese medio no es ni único ni estable, sino diverso e influenciable por nuestros propios cambios (somos un todo conectado -ecosistemas-). Y luego, por si fuera poco, llega un tercero: el hecho de que la especie humana está cada vez más alejada de la evolución natural, e inmersa de pleno en la evolución cultural (de selección de ideas o memes, no de individuos). Consecuentemente, la vida sería un proceso dinámico mucho más complejo del que tendemos a creer, con multitud de actores, escenarios e incluso fases, todos ellos variables e interconectados entre sí. Un proceso, en definitiva, sobre el que es extremadamente difícil hacer predicciones estables y, por tanto, política. Incluso la más sencilla en apariencia.
Y por si fuera poco, luego llega la epigenética y corrige hasta cierto punto la teoría de la evolución y a Darwin. (4)
Aún así, los humanos reincidimos tozudamente en simplificar y en querer ver la realidad a nuestra conveniencia (aunque reconozco que aquí es muy fácil dejarse llevar por la tentación a la simplificar).
En este sentido, e introduciendo desmontajes del darwinismo social más autorizados que el mío, recomiendo el artículo El darwinismo social: espectro de una ideología (1984) del filósofo Felipe González Vicen, quien viene a defender que el darwinismo social fue una apropiación fraudulenta (e inconsciente, añadiría yo) de la burguesía del XIX en un intento de evitar su propio colapso (idea que también encontramos en el artículo de wikipedia sobre darwinismo social).
¿Por qué las guerras?
Llegamos por fin a la pregunta que nos trajo aquí, a la que quiso intentar contestar este artículo.
Después del recorrido realizado, creo que ahora podemos plantearla mejor: ¿qué es eso que nos hace pasar por alto que las guerras, al menos en nuestro actual estado civilizatorio, son un sometimiento atroz y sin sentido, arrástrándonos a ellas? A mi entender, muchas de las posibles respuestas a esta pregunta hunden sus raíces en la singularidad de la psique humana. Tal y como anuncié, lanzaré mis propuestas indiscriminadamente; pero no como bombas o balas, no, sino dejándolas ir libremente, al igual que los "99 red ballons" de la alemana Nena (1983):
You and I in a little toy shop (Tú y yo en una pequeña tienda de juguetes)
Buy a bag of balloons with the money we've got (Compramos una bolsa de globos con el dinero que tenemos)
Set them free at the break of dawn (Los soltamos al amanecer)
Till one by one they were gone (Hasta que uno a uno todos se fueron)
Back at base, sparks in the software (De vuelta a la base, chispas en el software)
Flash the message "something's out there" (Parpadea el mensaje: "hay algo ahí fuera")
Floating in the summer sky (Flotando en el cielo del verano)
Ninety nine red balloons go by (Pasan 99 globos rojos)
Ninety nine red balloons (99 globos rojos)
Floating in the summer sky (Flotando en el cielo de verano)
Panic bells, it's red alert (Sirenas de pánico, es la alerta roja)
There's something here from somewhere else (Hay algo aquí de otro lugar)
The war machine springs to life (La máquina de guerra despierta)
Opens up one eager eye (Abre un ojo ansioso)
And focusing it on the sky (Y enfocándolo hacia el cielo)
The ninety nine red balloons go by (Pasan los 99 globos rojos)
Ninety nine decisions treat (Una convención para 99 decisiones)
Ninety nine ministers meet (Se reúnen 99 ministros)
To worry, worry, super scurry (Para preocuparse, preocuparse, muy atareados)
Call the troops out in a hurry (Llamen a las tropas con urgencia)
This is what we've waited for (Esto es lo que hemos esperado)
This is it boys, this is war (Eso es chicos, esto es la guerra)
The President is on the line (El presidente está al teléfono)
As Ninety nine red balloons go by (Mientras pasan 99 globos rojos)
Ninety nine knights of the air (99 caballeros del aire)
Ride super high-tech jet fighters (Pilotan súper aviones de guerra de alta tecnología)
Everyone's a super hero (Cada uno es un súper héroe)
Everyone's a Captain Kirk (Cada uno es un capitan Kirk -Star Trek-)
With orders to identify (Con ordenes de identificar)
To clarify and classify (De aclarar y clasificar)
Scramble in the summer sky (Escaramuzas en el cielo del verano)
Ninety nine red balloons go by (Pasan 99 globos rojos)
As ninety nine red balloons go by (Mientras pasan 99 globos rojos)
Ninety nine dreams I have had (He tenido 99 sueños)
In every one a red balloon (En cada uno, un globo rojo)
It's all over and I'm standing pretty (Todo se acabó y yo sigo aguantando en pie)
In this dust that was a city (Entre este polvo que fue una ciudad)
If I could find a souvenir (Si pudiera encontrar un souvenir)
Just to prove the world was here (Solo para probar que el mundo estuvo aquí)
And here is a red balloon (Y aquí hay un globo rojo)
I think of you and let it go (Pienso en ti y lo dejo ir)
Bueno, pues ahí van; estas son las causas o factores que, bajo mi punto de vista, estarían detrás de las guerras:
La simple cerrazón, la necedad, la costumbre, la inercia de lo establecido, las obligaciones que nos imponemos, las rigideces, los dogmas, la desconfianza, el desconocimiento, el control, los ideales...
Un deficiente desarrollo de la individualidad en cuanto que único lugar posible para el progreso del pensamiento crítico.
Una entrega a la "patria" como refugio sustitutivo.
La falta de un conocimiento profundo sobre la condición humana, en la que el Inconsciente juega un papel fundamental. Ese conocimiento estaría bloqueado por la propia exaltación que se hace de la ciencia empírica (véase la entrada "Last night a dj saved my life").
Según Freud (y así se lo hace saber a Einstein en su famosa carta en la que le contesta a la misma pregunta que nos hacemos aquí), las guerras se corresponderían con una reacción extrema o exacerbada de instintos que han sido reprimidos (en este caso, se supone, el instinto de la agresividad) en aras de la construcción cultural humana.
Observando otro tipo de lidias (y encierros), en este caso la tauromaquia, el palentologo Jack Conrad ve en ellas la agresión desplazada contra un símbolo del poder y la autoridad. En estas coordenadas se situaría también el "asesinato del padre" freudiano, o su concepto de pulsión de muerte, también de origen represivo.
La búsqueda de subterfugios compensatorios de un mal desenvolvimiento de la ley paterna y de su autoridad.
La megalomanía de los líderes y su política de terror.
La lucha de sexos, que empujaría al hombre a realizar la expresión última de la potencia/poder. (Véanse las entradas El toro también era ella y La suegra)
La reacción visceral ante un sentimiento de opresión asfixiante (provocado por injusticias, abusos, etc., o también por causas imaginadas o no, pero que remiten a experiencias equiparables de nuestro pasado) para deshacernos del dolor insoportable que nos genera. O incluso, combinadamente, como respuesta a un sentimiento de abandono o menosprecio.
La falta de revisión de la representatividad de los antiguos textos bíblicos monoteístas, textos que incluyen multitud de incitaciones literales a la guerra e incluso al exterminio.
Finalmente, nombraré algunos elementos que me parecen antagonistas, aplacadores o desviadores de la pulsión guerrera: la democracia, la separación de poderes y la libertad de prensa; la globalización económica y cultural; la producción y difusión de obras artísticas, de educación y de memoria en torno a la guerra; una mayor concienciación humanitaria; el surgimiento de agrupaciones supranacionales políticas y jurídicas; el fin de la guerra fría entre bloques imperialistas; el postmodernismo y su cuestionamiento del positivismo; la aparición de problemas acuciantes comunes como la sostenibilidad planetaria; una industria armamentística de altísima tecnología y poder destructivo desmesurado; el psicoanálisis como introspección individualizante y espiritualizante; las competiciones deportivas mundiales; e incluso la eclosión de la música pop (la música amansa a las fieras).
(1) Más citas del documental:
"En el año 14 el odio es una virtud patriótica. Burlarse de los emplumados emperadores alemán y austro-húngaro es nuestro deporte nacional" (7'36")
«La nación será defendida por todos sus hijos... ¡Viva Francia! ¡Guerra a Alemania! (bravos; parlamento francés)»
«Ya tenéis vuestra guerra. Estaréis contentos» (titular en un diario francés)
"El deber nos hace partir con la esperanza de una guerra rápida. El tiempo de sacar el fusil y volver a casa" (9'56")
"En Alemania no era la misma historia. Ya antes de la guerra observamos que el imperio prusiano pangermanista se rompía por las costuras. Nuestras colonias nos hacían fuertes, y ellos no tenían colonias" (11'28")
"En 1914, Alemania se siente rodeada de naciones hostiles y cada vez se vuelve más militarista. Ese militarismo alcanza incluso a los niños" (11'43")
"Y hay una cuenta pendiente. Francia considera que Prusia le ha amputado Alsacia y Lorena. Todos somos alsacianos y loreneses. La herida sigue abierta desde 1870" (12'05")
(2) Weber no era un pacifista, eso lo dejó claro en sus textos. Por ejemplo, cuando definió el Estado en función de los violencia (un aporte que, por otro lado, me parece tremendamente brillante y clarificador, del nivel del realizado por Darwin): "La violencia no es, naturalmente, el medio normal ni único del Estado... pero sí su medio específico... El Estado es una relación de dominación de hombres sobre hombres, basada en el medio de la violencia legítima" ("La política como profesión", 1919). En este texto que recomiendo, Weber dice también: "Quien quiera hacer política... tendrá que comprometerse con los poderes diabólicos que acechan en toda acción violenta". Bien, pero que Weber no sea pacifista no le convierte en belicista, como se demuestra cuando añade que el político no debe guiarse por una ética de las convicciones de conciencia, sino por una ética de la responsabilidad, y ello, en especial, para conocer e intentar regular los peligros que conlleva el manejo de esa potencia coercitiva.
(3) Sobre esa interesante posición de la espiritualidad, véanse los siguientes extractos de "Ciencia como vocación", Weber, 1919, últimas páginas: "Y cuando Tolstoi pregunta: «¿Quién responde, supuesto que la ciencia no lo hace, a la pregunta de qué es lo que debemos hacer? y ¿cómo debemos edificar nuestra vida?»... habrá que responder: sólo un profeta o un Cristo... tal profeta, a quien tantos de nuestras jóvenes generaciones esperan, no está aquí, y es más, jamás lo estará vivo en la plenitud de su poder... En una época ausente de Dios... es destino de nuestro tiempo, con su racionalización e intelectualismo característicos, llegar al desencanto del mundo, una vez desaparecidos de la luz pública los últimos y más sublimes valores, que han quedado relegados al mundo de la vida mística o a la intimidad de las relaciones directas de un ser con otro. No constituye una casualidad que nuestro arte más elevado sea íntimo y no monumental, ni que sólo se pulse hoy ese «algo» en los círculos más reducidos, en «pianissimo», de hombre a hombre... Vayamos a nuestro trabajo y estemos a la altura de las «exigencias actuales», tanto humana como profesionalmente. Estás exigencias son simples y sencillas si cada uno encuentra el espíritu (Dämon) que sostiene los hilos de su vida y le obedece."
(4) Paralelamente, hoy en día están apareciendo estudios cada vez más avanzados en disciplinas como la epigenética que matizan las conclusiones que sobre la configuración de las especies hemos venido haciendo; eso sí, la base mayoritariamente aceptada sigue siendo la selección natural de Darwin
En la entrada anterior, Gris, analizaba la película Cincuenta sombras de Grey (Sam Taylor-Johnson, 2015; novela: E.L. James, 2011) y concluía que ésta podría haber quedado atrapada en una especie de "campo de fuerza" o "vórtice lingüístico" discrecional del cual no logró escapar (va por Lacan). Debido a ello, y según se dijo, la película acabó siendo, ella misma, discreta (aun intentando precisamente lo contrario).
No obstante, a Cincuenta Sombras de Grey debe reconocerle una virtud que es a la vez consecuente e inesperada: la de registrar, aunque sea de una forma recóndita y extravagante, el valor de la discreción.
Más allá de la discreción
Pero además, hay un segundo aspecto por el que le estoy personalmente agradecido al mundo Grey. Algo que, curiosamente, vuelve a ser una contribución sacrificial: la oportunidad que me ha dado para encontrar otras obras que, teniendo su misma temática de fondo, sí han resultado ser creaciones redondas.
Quisiera hablar aquí de ellas.
Antes de nada, por supuesto, ¿de qué temática de fondo estoy hablando? Sí, a mi entender, la sustancia última de Cincuenta sombras de Grey (aunque superficialmente tratada) es la entrega consciente a alguien que manda o dirige, así como el viaje hacia la libertad personal a la que dicha entrega puede indirectamente conducir. Paradójico, y controvertido.
En cuanto a esas otras obras apasionantes que sí se sumergen en el asunto, me referiré, en primer término, a la genial canción I follow rivers (Lykke Li, 2011) y a la no menos maravillosa* película La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013). Dos piezas de arte que, además, acabaron juntas en mutua y estelar resonancia.
Me centraré sobre todo en la canción I follow rivers. De La vida de Adèle, simplemente decir que su protagonista, la joven Adèle (memorables tanto la actuación de Adèle Exarchopoulos como su personaje), se ve arrastrada hacia una tormentosa relación con una chica lesbiana mayor que ella, de actitudes masculinas y dominantes, y que tiene el pelo teñido de azul (también irá a esperarla a la salida del colegio). La Vida de Adèle está basada en un cómic de 2010 de Julie Maroh, "El azul es un color cálido" (en Cincuenta sombras de Grey el color dominante y cálido vendría a ser el gris). De hecho, en inglés, la película fue distribuida bajo el nombre de "El azul es el color más cálido".
Siguiendo ríos, se llega al mar
Vayamos con la canción de Lykke Li, I follow rivers. Un tema precioso ante el que es difícil no caer rendido: pegadizo, dulce, feliz; te invita al baile inmediato. Y con un mensaje central claro: "yo te sigo".
A continuación ofrezco una traducción-interpretación algo libre de su letra. Para ello me he apoyado en el vídeo original de la canción, que da claves importantes para entenderla (más adelante lo presentaré). También he tenido en mente, como comprobación, a Grey. Así ha quedado:
I follow rivers
Oh I beg you, can I follow?
Oh I ask you, why not always?
Be the ocean, where I unravel
Be my only, be the water where I'm wading
You're my river running high
Run deep, run wild
I, I follow, I follow you
Deep sea baby, I follow you
I, I follow, I follow you
Dark doom honey, I follow you
He a message, I'm the runner
He the rebel, I'm the daughter waiting for you
--
Yo sigo ríos
Oh te ruego, ¿puedo seguirte?
Oh te pido, ¿por qué no siempre?
Sé el océano, donde yo me descifro
Sé mi único, sé el agua por donde voy pasando segura
Tú eres mi río fluyendo alto
Corre profundo, corre salvaje
Yo, yo te sigo, te sigo a ti
Mi niño profundo como el mar, yo te sigo
Yo, yo te sigo, te sigo a ti
Dulce amor mío encadenado y oscuro, yo te sigo
Él un mensaje, yo soy quien busca
Él el rebelde, yo soy la hija esperándote
Se podrían decir muchas cosas de la letra, pero destacaré solo un pequeño fragmento: "Dulce amor mío encadenado y oscuro". Pienso que aquí se evidencia y concentra algo importante, y que vuelve a conectar con Cincuenta sobras de Grey: el carácter sufriente del líder y la capacidad sanadora de quien le sigue.
También incluyo a continuación algunos comentarios que hace la propia Lykke Li sobre el significado de su canción:
"Es como cuando estás perdidamente metida en algo, te encuentras dentro de una especie de situación destructiva, muy desigual. Te empuja el deseo, y el deseo puede conducirte a un lugar muy oscuro, ya sean drogas o amor, y te sientes indefensa, sin fuerzas". (www.songfacts.com)
Personalmente, me sorprende esta posición tan negativa de Lykke Li respecto a una letra y a una música que rebosan ilusión. Sin embargo, es justo la misma que enfrenta la protagonista de La vida de Adėle. Parece que en ambas hay una curiosa conexión entre seguir a alguien y verse atrapada en ello. Simplemente dejo el apunte.
Llega el momento de prestar atención al vídeo original de la canción. En él se cuenta una pequeña historia que yo calificaría de drama romántico. Como adelanto, decir que tanto la historia como los tonos fríos de las imágenes (entre el gris y el azul) contrastan con la calidez de la canción, de la misma forma que lo hacían los comentarios de Lykke Li:
El vídeo comienza con la imagen de una playa inapacible e inabarcable, en un lugar estepario totalmente nevado. Tierra adentro, vemos a un hombre andando con mucha dificultad sobre la nieve. Parece abatido. En ocasiones, mientras avanza, se apoya en los troncos de unos oscuros árboles que encuentra a su paso. Intermitentemente, acelera. Y mira hacia atrás. Da la impresión de querer huir de algo. Y dirigirse a algún sitio. Tras ello, la imagen cambia y nos muestra, en ese mismo paraje, entre brumas gélidas, la figura estática de una mujer completamente cubierta de negro. Es una figura siniestra, desubicada e impersonal. Parece la muerte. Aunque lo que impera en ella es el misterio. ¿De dónde ha salido esta mujer-muerte-misterio? (Creo saber algo al respecto; volveré a ello al final). De nuevo vemos al hombre. Continúa caminando con perturbadora aflicción. Sin detenerse, mira otra vez atrás... y ve que la mujer le sigue. Suena el primer "I, I follow, I follow you deep sea baby". La cámara intercala ahora imágenes de ambos caminando sobre la nieve con primeros planos de ella, quien, determinada, le sigue sin ceder distancia; y, en ocasiones, acortándola. La seda negra de su vestimenta ondula al viento. En cierto momento, se desprende el velo que le tapaba el rostro, haciendo acto de presencia la humanidad de la mujer: su cara, su pelo rubio. Se aproxima a la cámara. La música para, cambia el plano a lateral, oímos sus jadeos mientras avanza a grandes zancadas y... "I, I follow, I follow you...", empieza a correr tras él. En sus movimientos, impulsados por unas inapropiadas botas de tacón grueso y alto, hay cierto patetismo. Se ha acercado mucho más al hombre, y éste, angustiado, también acelera. Los dos corren, torpemente, el uno tras el otro. Entonces ella cae. Desde el suelo, se descalza con premura. Por segunda vez vemos surgir su piel; es decir, vida. Se incorpora. Sus pies desnudos entran en contacto armónico con la fría nieve; ahora puede correr mejor. "You are my river running high". A continuación, la imagen sigue las espaldas del hombre, que avanza atropellado y está a punto de caer, justo en el momento en que llega a su destino. O a donde ya no puede continuar. La cámara se detiene tras él. Vemos que agacha la cabeza, desfalleciente. Después la levanta y mira su límite: el mar. Instantes más tarde llega la mujer. También se detiene detrás de él, y desde allí lo observa con intensidad. Primer plano ahora del hombre. Ángulos rectos, virilidad absoluta. Dolor. Desesperanza. Fragilidad. Llanto. Se diría que se siente atrapado. Entre la mujer y el mar. Cae de rodillas a la arena de la playa. Ella acude para consolarlo. Se arrodilla frente a él, y lo besa con fuerza. "I follow you, dark doom honey". Besa su inmensa amargura. Pero él parece no tener consuelo. Duelen sus ojos fruncidos de dolor. Ella insiste en recuperarlo. Y, finalmente, lo consigue. El alivio llega por fin al rostro del hombre. Entonces, inesperadamente, y sin dejar de besarlo, la mujer dirige una mirada secreta y confrontante hacia el mar; ese mismo mar indómito que abría el vídeo.
Y entonces me di cuenta
Para concluir, me queda mostrar el posible origen de esa negra y enigmática figura femenina (o, al menos, cierto lugar por el que previamente pasó). Quizás eso nos ayude a desvelar parte de su misterio. Pues bien, creo haberla localizado en este otro vídeo, el de la canción Dreams de The Cranberries (1993). En él la vemos aparecer en grupo, con sus zapatos de tacón grueso y alto.
Sorprendentemente, o no tanto, Dreams gira en torno al mismo núcleo argumental que venimos tratando. En esta ocasión, la guía la representa un caballo blanco. Y de nuevo, como colofón, encontramos el agua.
Dejo aquí el vídeo de la canción, subtitulado y traducido*, para que cada cual saque sus conclusiones:
*Pienso que la traducción tiene algunos pequeños errores. Por ejemplo, sería "I warn more", soy más consciente, y no "I want more", quiero más. Por otro lado, "nunca son lo que parecen" debería ser "nunca es totalmete lo que parece", creo que refiriéndose a su vida, no a sus sueños.
Poema anexo:
Mar
Playa de olas
Dunas de viento
El Sol en tu cara
Mar
* Tengo que añadir algo sobre la película La vida de Adèle. Con ocasión de escribir este texto, he vuelto a verla y me he llevado una gran sorpresa: ¡la recordaba distinta! Es decir, mi mente había compuesto con ella otra película, en concreto otro final, alterando para ello el orden de las escenas e interpretando a su (mi) modo otras. De forma que, he de confesarlo, la real me gusta menos que la que quedó "deformada" en mi recuerdo. Sin embargo, creo que lo anterior no cambia el hecho de haber resultado ser una obra contundentemente valiosa y basada en esa misma idea de búsqueda de autoridad que se da en la órbita Grey. Sólo que ésta la conformé yo. (Ver más en este texto que he escrito sobre la película: Había una vez un barquito chiquitito).